martes, 16 de octubre de 2007

Los nuevos estudiantes latinoamericanos

Los nuevos estudiantes latinoamericanos
La Jornada - Morelos - México
Sección: Correo del Sur | Publicación: 14.10.2007

Claudio Rama Vitale

El estudiantado latinoamericano ha sido uno de los sectores y actores sociales de la realidad política más característico del siglo XX, en las últimas décadas se han transformado significativamente como resultado del incremento de la cobertura bruta de la educación superior que superó el 30 por ciento en el año 2005 como derivación de nuevas demandas, del sacrificio de renta de los hogares, del incremento de los presupuestos públicos para educación, del establecimientos de diversas limitaciones y restricciones al ingreso a las universidades públicas, que coadyuvó a la expansión de la educación privada que alcanzó a cubrir el 47 por ciento de la matrícula en 2003, de fuertes cambios demográficos y sociales y de la transformación del rol del saber en la sociedad del conocimiento. Sin embargo, este nuevo escenario universitario que se está rápidamente masificando, a través de una caótica diferenciación institucional, estudiantil y pedagógica, está conformando circuitos educativos terciarios diferenciados. La región ha pasado de modelos educativos universitarios de elite cohesionados y homogéneos, a sistemas terciarios populares y masivos altamente diferenciados social e institucionalmente y que están derivando en la conformación de circuitos educativos diferenciados por calidad en función de sectores sociales.

1. El estudiantado latinoamericano en el siglo XX

Las bases del estudiantado latinoamericano se conforman en el siglo XX como expresión de múltiples variables dentro de sociedades que estaban cambiando significativamente como resultado de las migraciones, la inserción de los países latinoamericanos en las dinámicas globales que promovía el capitalismo a escala mundial y de las demandas de los aparatos productivos que requerían la formación de profesionales. Múltiples aspectos sociales y económicos promovieron la profesionalización de la gestión pública y la formación de una elite universitaria en el marco de la modernización de las sociedades, la consolidación de economías primario exportadoras y el desarrollo de modelos de industrialización sustitutivos.
Dicho proceso estuvo además acompañado de un discurso de la modernidad que promovió un rol de los estudiantes como los instrumentos fundamentales de la construcción de una nueva sociedad latinoamericana, y que terminó expresándose en la Reforma de Córdoba que marcó el eje dominante de todas las universidades públicas durante el siglo XX, al promover las banderas de la autonomía universitaria y el cogobierno como modalidad de cogestión, la gratuidad como mecanismo de acceso y la laicidad como marco de las disciplinas profesionalizantes.
Esta eclosión social al interior de las universidades facilitó la superación de las universidades de elites, para lentamente comenzar a constituirse como instituciones abiertas también a las capas medias altas, a los hijos de los sectores profesionales y de los pequeños y medianos comerciantes, pero al tiempo con prácticas homogeneizadoras. Pero más allá de las banderas de la democratización y el acceso irrestricto, la educación superior en América Latina durante la mayor parte del siglo XX se caracterizó por estar conformada por los sectores de mayores ingresos de las respectivas sociedades por sus diversas elites urbanas, y fueron básicamente jóvenes, hombres, blancos y solteros, dedicados casi exclusivamente a la tarea de estudiar.
La dinámica de universidades públicas luchando y defendiendo la autonomía, el cogobierno, la gratuidad y la laicidad, en sociedades inmersas en un vigoroso proceso de modernización signado por la urbanización y la lenta expansión de la democracia política en la región, constituyeron los ejes dinámicos en toda América Latina durante una parte significativa del siglo XX. Dichas variables –universidades autónomas, sistemas democráticos y demandas sociales– fueron promoviendo lentamente el aumento de la cobertura. Así se inició el proceso de masificación de la educación, que comenzó en la educación básica, se continuó en la educación media y finalmente, a partir de la segunda reforma de la educación superior desde fines de los ochenta, se está produciendo en el sector terciario como resultado del modelo dual que promovió la diferenciación pública, la pública-privada, la privada, la universitaria-no universitaria, y de calidad-baja calidad. Ese proceso promovió que en casi toda la región el estudiantado dejara de ser un sector de elites, o de minorías en algunos países, para, en distinta proporción, pasar a constituirse como un sector de masas, o a la inversa, que las universidades pasaran a representar también las complejidades sociales de sus respectivas sociedades.
La demanda por educación superior ha sido el motor que ha promovido el propio proceso de diferenciación, que se ha expresado en la creciente diversidad y complejidad de los sistemas terciarios en la región. La demanda de educación superior ha estado asociada a un amplio conjunto de variables, entre las cuales cabe destacar la búsqueda de movilidad social de amplios contingentes poblacionales y las estrategias de sobrevivencia de los hogares que optaron por la educación como el mecanismo de incrementar sus ingresos en el mediano plazo. Igualmente de un aparato productivo, que más allá de su poca diferenciación ha requerido permanente la formación de nuevos contingentes profesionales y ha establecido remuneraciones variables en función de la capacitación de sus trabajadores.
Hasta mediados de la década del sesenta, los gobiernos habían respondido, en parte, a las nuevas demandas a partir del incremento del acceso a través de la dotación de más recursos financieros con diversa intensidad en función de las diversas restricciones presupuestarias. Sin embargo, ya para finales de los sesenta frente a los volúmenes de estudiantes egresados de la educación media las necesidades de recursos financieros se hicieron muy superiores a las posibilidades de los estados y de sus modelos de desarrollo. Las luchas estudiantiles de los sesenta alrededor del mundo, más allá de sus propias causas nacionales y de sus dinámicas ideológicas, fueron expresión del agotamiento de aquel modelo universitario que no lograba poder seguir respondiendo a las nuevas demandas. Ellas promovieron el cambio de las políticas públicas en materia de educación superior, y también el cenit, y el inicio de la desaparición, del movimiento estudiantil de antaño, de ese de los estudiantes de tiempo completo, varones, blancos, de las grandes ciudades y de las clases acomodadas que eran los que ocupaban las aulas de las universidades latinoamericanas. El establecimiento de mecanismos de restricción y orientación de los accesos, el abultamiento de las aulas con la consiguiente caída de la calidad y la propia radicalización política, terminó construyendo complejos sistemas universitarios altamente diversificados para atender a demandas cada vez más específicas y segmentadas, y estructurando una nueva realidad marcada crecientemente por la diferenciación de las prácticas educativas asociado a la diferenciación social de los estudiantes.
Tal vez la radiografía del epifenómeno nació en el propio París, en la cuna del movimiento estudiantil de mayo del 68 en la Universidad de la Sorbonne, ya que luego de las revueltas, y de la caída de De Gaulle, ella fue dividida en varias universidades públicas mostrando, no sólo el intento de fraccionar un movimiento estudiantil, sino una realidad social que estaba demandando y exigiendo una apertura institucional que condujera a una significativa diferenciación institucional y posteriormente de opciones educativas.
A diferencia de París en América Latina el nuevo camino universitario se estructuró a partir de la diferenciación público-privado junto a una diversificación institucional a través de exámenes, cupos y costos distintos de las matrículas que articularon la viabilidad y la fisonomía de esa diferenciación. El nuevo escenario creado se caracterizó por universidades públicas y privadas; universidades e institutos o colegios universitarios; universidades religiosas o laicas; con y sin fines de lucro; autónomas y no autónomas; orientadas al pregrado o al posgrado; de elites o de absorción de demanda; militares o civiles; presenciales o a distancia; tecnológicas o humanistas; complejas o especializadas; capitalinas o regionales, etcétera.
La diferenciación institucional ha funcionado como un movimiento democratizador de las ofertas, resultado básicamente no sólo del ajuste de las instituciones a las demandas sociales cada vez más segmentadas, sino también a la complejidad social de nuestras sociedades y a una creciente división social y técnica del trabajo que conduce a promover la diversificación de las tareas y funciones académicas al interior de las instituciones universitarias. Las disciplinas con sus respectivos currículos se estructuraron, así como las ofertas específicas para producir un equilibrio complejo frente a las múltiples demandas sociales de estudiantes, empresas, sociedad, saberes, etcétera.
La diferenciación cambió radicalmente el panorama de la educación universitaria en la región y con ello también cambiaron las características mismas del estudiantado. El tradicional movimiento estudiantil latinoamericano de carácter urbano, masculino y de estudiantes no trabajadores desapareció como realidad social al comenzar a masificarse el acceso.

2. El nuevo estudiantado latinoamericano

Las profundas transformaciones ocurridas en las universidades latinoamericanas, expresadas en un proceso de masificación, feminización, privatización, regionalización, diferenciación y segmentación, sumado a los propios cambios de esas sociedades sumidas en un proceso de urbanización, de cambio demográfico, de transformación productiva y de apertura económica, cambiaron sustancialmente el rol y las características de los estudiantes. La masificación estudiantil ha sido el eje protagónico de ese proceso, dado que ello ha sido causa y efecto de la propia diferenciación. Tal proceso de expansión matricular se ha producido desde finales de los ochenta, y se ha acelerado desde mediados de los noventa. Así, el crecimiento estudiantil muestra una tendencia sostenida en el tiempo, pero que inclusive a partir del año 2000 manifiesta un incremento en su evolución. Desde ese año el cambio en la pendiente de la curva está permitiendo un incremento adicional de casi 135 mil nuevos alumnos por año. A partir de ese año el incremento anual en la región, en términos absolutos es de unos 835 mil alumnos frente a los 700 mil del periodo 94-99. En total, entre 1994 y el 2003, la matrícula aumentó en 83 por ciento, y ha permitido superar el techo de 15 millones de estudiantes latinoamericanos de educación superior en el año 2005.
El incremento de la matrícula se ha expresado en un incremento sostenido de la tasa de cobertura, ya que ha sido muy superior al incremento de la población de 20 a 24 años. El continente está teniendo un cambio demográfico significativo dado por el proceso de envejecimiento global de su población y la caída de las tasas de natalidad. Ello ha determinado una reducción de la variación interanual de la población entre 20 y 24 años que habiendo alcanzado su pico máximo de variación de 1,88 por ciento anual en 1997 ha bajado a 1,66 por ciento en 1999; 1,04 por ciento en el 2001 y 0,65 por ciento en el año 2003. Así, ambos procesos, incremento de la matrícula y caída de la variación de población de 20 a 24 años ha determinado que la tasa de cobertura en la región en los últimos diez años y especialmente desde el 2000, se haya incrementado en forma significativa tal como se visualiza en el siguiente cuadro.

Tasa de cobertura de la educación terciaria.
Año 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003
América Latina 17,6% 18,7% 19,2% 20,1% 21% 22,1% 23,8% 25,3% 26,9% 28,5%
Variación interanual 1.1% 0,5% 0,9% 0,9% 1,1% 1,7% 1,5% 1,6% 1,6%
Fuente: IESALC. La tasa bruta corresponde a la relación de la matrícula sobre la población de 20 a 24 años

La cobertura bruta de la matrícula, medida entre la matrícula de todos los estudiantes terciarios sobre la población de 20 a 24 años, en 10 años se incrementó en un 62 por ciento. Tal proceso expresa una masificación de la educación superior que se está expresando en cambios en el perfil social del estudiantado: feminización, estudiantes del interior de los países, estudiantes como clientes, estudiantes de corto tiempo, estudiantes profesionales, estudiantes trabajadores, estudiantes a distancia, estudiantes multiétnicos, estudiantes con discapacidades junto a los tradicionales estudiantes blancos, urbanos y de familias de altos ingresos. Igualmente, también se manifiesta en su peso en la sociedad. Mientras en 1994 había en promedio en la región 270 estudiantes terciarios por cada 10 mil habitantes, para el año 2003 alcanzaron a 510 por cada 10 mil habitantes.
La diversidad de sectores estudiantiles es la nueva característica principal de los nuevos estudiantes latinoamericanos. Además de hijos son padres, además de solteros casados, además de jóvenes adultos: todo está cambiando y expresando una mayor semejanza a la conformación social de la propia sociedad. Sin embargo, esta masificación está trayendo varios temas adicionales a la discusión, entre los cuales una nueva realidad de deserción y abandono, y la gestación de circuitos de escolarización terciarios diferenciados por la calidad de la educación y que tienden a asociarse a sectores sociales diferenciados.
La masificación de la educación superior no es exclusivamente una derivación del modelo binario público-privado o universitario y no universitario, sino que, y por sobre todo, ha significado un cambio radical en la población estudiantil ante el ingreso de nuevos contingentes sociales y culturales a la condición de estudiantes terciarios y que por ende han cambiado el perfil global del estudiantado tradicional. Tal diferenciación institucional y social ha derivado en la estructuración de circuitos de escolarización diferenciados en los niveles terciarios en toda la región en función de los niveles de calidad, los grados de pertinencia, las modalidades de ingreso y los costos financieros que han terminado estructurado recorridos sociales de la educación superior, dadas las estructuras desiguales de las sociedades y la debilidad de los estados y de sus políticas públicas.
La repuesta pública no se hizo esperar y desde mediados de la década del noventa en América Latina se ha iniciado una Tercera Reforma de la Educación Superior marcada, entre otros componentes, por un nuevo rol del Estado en la regulación a partir, tanto de la creación de agencias de aseguramiento de la calidad, como de múltiples mecanismos y políticas de supervisión, fiscalización o incentivo, uno de cuyos objetivos es el establecimiento de sistemas de educación homogéneos con accesos de masas en contextos de complejas desigualdades sociales.

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